sábado, 28 de marzo de 2026

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 Gonzalo Lores Buezas
El adiós de la segunda generación de Talleres Loyca


Natural de Dena y a sus 67 años, poner fin a la segunda generación de la firma “Talleres Loyca”, una de las tres empresas más antiguas de Dena, parroquia en la que está radicada a pie de la vivienda del que fuera patriarca. Gestada en el seno de dos humildes familias, se mantiene hoy activa tras casi 60 años ininterrumpidos. Se legó de padres, a hijos y, en el horizonte, asoma la generación de los nietos, una forma de ser que tanto vincula a las pequeñas empresas con localidad y el municipio en el que se enclavan. Este taller de automoción es que el más antiguo del municipio meañés, siempre consolidado en base a la fidelidad con los vecinos y el cliente de cercanía. Sus manos de chapista lo convirtieron en la mejores de esta especialidad en Meaño. Eso sí, una
faceta donde cada vez se hace complicado el relevo y que ofrece buen nicho de trabajo en el mercado.
 

“MI PADRE PINTÓ EL COCHE DE PELÉ EN BRASIL”

Con su jubilación se cierra la segunda generación de Talleres Loyca, una de las firmas más antiguas de Dena que permanecen hoy. ¿El fin de una etapa compromete la continuidad de este sello familiar?
Para nada. En lo que a mí respecta, cumplidos los 67 años, sí toca el fin en el plano laboral. Pero, con casi  60 años a cuestas, el taller continuará con ese espíritu familiar, con Toño Camiña, que era el más joven, y sigue al frente de esa segunda generación. Yo seguiré ahí, vinculado emocionalmente y, de alguna forma, fiel el espíritu de mi padre, fallecido en 2017, contribuyendo a prolongar el legado.
Toda una vida la suya como “chapista” de carrocería le convirtieron en las mejores manos del municipio meañés. ¿Calcula cuantos coches pasaron por sus manos a lo largo de su vida?
Yo me inicié con 15 años aprendiendo el trabajo de mi padre, que era el chapista. Ininterrumpidamente, hasta los 67 años, sin saber ni lo que eran vacaciones de verano, calculo que  pude haber reparado chapa y pintura en más de… 10.000 vehículos, puede que hasta unos 12.000.


Gonzalo Lores en su último día en talleres Loyca

El oficio, ¿lo estudió o lo aprendió?
En los años 60 e inicios de los 70, en el rural pocos chavales cursábamos estudios, eso era un privilegio. Simplemente aprendíamos un oficio. En mi caso, fue el de chapista, con mi padre, José Lores Camaño, que a su vez lo aprendió trabajando en la posguerra en el  taller de Señor Juanito “O Brichirijo” en el centro de Dena.

Con tan poco vehículo en el rural. ¿Qué le refirió su padre de aquel taller del Señor Juanito “O Brichirijo” en la posguerra?
Era un taller a pie de la hoy es PO 550,a su paso por Rúa de Galicia, a la altura del hoy Recambios Dena. En realidad, era un taller de carpintería de madera. Precisamente allí fabricaban por dentro y en madera la parte dañada del vehículo, la cual luego debía recubrirse de chapa. En esta última labor de la chapa se forjó mi padre de aquel taller. Unos años después conoció al que, a la postre, fue socio, José Camiña Alfonso, afincado en Vilalonga. Juntos, empezaron a trabajar en un galpón en Vilalonga, a la altura del hoy Gaseosas Salgueiro, donde se dedicaban sobre todo a arreglar camiones de de la empresa de Epifanio Campos.
¿Cuándo asienta el taller en Dena?
Fue en 1958 que mi padre abrió un pequeño taller aquí mismo, al lado de casa, bajo el nombre de Talleres José Lores Camaño, él como chapista, y como mecánico se vino con él José Camiña. Pero en 1960 mi padre, que vio una oportunidad, decidió emigrar a Brasil, procurando dinero para la familia. José Camiña se quedó en Dena al frente, pero en 1963 le tocó hacer la mili y tuvo que cerrar.  Los dos volvieron a unirse cuando mi padre regresó de Brasil en 1967.


Gonzalo Lores en el taller, aplicando secado manual a la pintura

¿Su padre se fue para trabajar como chapista en Brasil?
Si, a finales de los años 50 e inicios de los 60, Brasil demandaba mucha mano de obra. Muchos gallegos emigraban aprovechando que pagaban bien, mi padre tuvo noticias y otros vecinos que estaban ya allí le animaron. Fue de los últimos movimientos para “hacer las Américas”. Y allá se fue mi padre en septiembre de de 1960, con sólo 26 años, dejando aquí mujer y dos hijos, yo, que era el mayor, y mi hermano Manolo. En Brasil trabajó siete años como chapista en talleres de Sao Paulo y Santos. Precisamente en los años de su taller en Santos, mi padre contaba que estaba justo al lado de campo de fútbol Vila Belmiro, del club Santos, en el que jugaba Pelé. Mi padre solía contar como en un ocasión arregló la chapa y pintó luego el coche del propio Pelé, un Cameron que llevara a reparar a aquel taller el mítico jugador, que por aquélla venía de proclamarse por segunda campeón del mundo con Brasil.
¿Siete años en Brasil le rindieron para hacer la Américas?
Lo que se dice “hacer las Américas” no, pero sí para ahorrar, hacerse con algo de dinero y volver con la familia y dispuesto a darle un empujón a todo esto. Así el 4 se septiembre de aquel 1967, de nuevo con José Camiña juntos en sociedad, abrieron Talleres Loyca, nombre que respondía a la unión de la primera sílaba de sendos apellidos, Lores y Camiña. Siguiendo la tradición, aún seguimos conmemorando la fecha del 4 septiembre con un yantar de la empresa.


1999 cuando la jubilación del del patriarca José Lores (Sentado, segundo por la derecha, José Lores, y segundo por la izquierda Pepe Camiña. A la derecha de todo, abajo, Gonzalo Lores) 

Y luego entraron sus hijos a trabajar en el taller…
Sí, yo empecé cara a para 1973-74 como chapista, luego mi hermano Manolo en la parte de administración, en los 90, Toño Camiña, también en administración… Así entró la segunda generación. Al cabo, mi padre se jubiló en 1999, José Camiña en 2007, y ahí nos quedamos ya la segunda generación. Al cabo, de esa segunda yo soy el primero de abrir el relevo a una tercera.
¿Se complican hoy las cosas para los pequeños talleres de reparación del automóvil?
No son los años dorados que fueron las décadas de los 80, 90 y 2000… Coches, maquinaria agrícola… Reparábamos de todo. Ahí los talleres doblaron con su papel de ventas como agente oficiales de una marca. Nosotros fuimos Peugeot entre 1982 y 1991, luego Opel hasta 2014… Llegamos a ser 10 personas trabajando en taller.


San Cristóbal en Dena, de mediados de los años 70. De izquierda a derecha: José Lores,  y su fijos, Gonzalo, Manolo y, sobre o capó, Mari Luz mostrando el trofeo de ganador de la caravana

¿Qué lleva a que en la última década desaparezcan de un plumazo tantos servicios oficiales, los cuales se limitan sólo a las ciudades?
Son políticas globales de las empresas de automoción. Para seguir te ponían condiciones draconianas, objetivos inasumibles, cambios e inversiones económicas que tenías que asumir. En definitivas, o te ibas o te echaban, no cabía otra.
Como chapista a lo largo de su vida, ¿cómo fueron cambiando las cosas?
Mucho. Al principio era las pinturas “duco”, pulimentatables, más básicas. Luego llegó el reto de las pinturas metalizadas, donde la tonalización aún se hacía a mano par igualar con el resto del coche y ahí había que tener muy bien entrenado el ojo. A inicios de los 80 nos llegó la primera máquina de colorimetría, que supuso un avance para hacerlo más fácil. Ahora estamos en la generación de los colores fosforitos, son colores tricapa, y realmente muy complicados.


¿Es difícil en el taller dar con el relevo en la vertiente de chapista?
Sí, mucho. En los ciclos de mecánica, a los alumnos se les forma sobre todo en motor, reparación y mantenimiento. La formación que reciben en la faceta de “chapa y pintura” es meramente testimonial. Lo percibes cuando recibes alumnos de la FP dual, que cursan cuatro meses estudiando y otros cuatro trabajando en taller. Su conocimiento de chapa y pintura es muy bajo, prácticamente nulo. Tienes que formarlo el taller.
¿Cuántos alumnos de la FP dual tiene pasan por su taller por cada curso?
Casi dos o tres alumnos cada curso, y todos con la misma deficiencia en chapa y pintura. Vienen motivados en mecánica, pero no les tira chapa y pintura. Todo eso dificulta el relevo generacional. Tendría que encontrar el chico que llegase formado, por lo menos algo, pero que estuviera interesado por aplicarse en esta faceta, y eso no es fácil. En la FP debían hacer hincapié e trabajar esta vertiente, por ahí existe un filón de trabajo.
Tras su marcha: ¿Cómo lo van afrontando en taller?
En taller son cinco personas. En este momento, en chapa y pintura tenernos que tirar de un autónomo, o mismo de dos cuando hay picos de trabajo. Existe tanta demanda que un chapista hoy no se dedica por entero a un único taller, son que lleva varios, trabaja por días en uno otro según la demanda, y están muy cotizados.


Gonzalo Lores, en su vertiente creativa, entre las figuras de sus espantallos de Entroido, primer premio 2026 en Dena

Usted que vive en la planta de arriba del taller… ¿Tiene “mono” de trabajo”?
Lo que se dice “mono”, no, pero uno se van desconectando. De vez en cuando, bajo por el taller, alguna conversación, algún consejo, llevar a algún vecino a casa cuando deja su coche en taller, luego están las viñas… ¡Ah! Y está el disponer de tiempo para poder dedicarme a aficiones creativas, pasión que heredé de mi padre. El disfrutaba mucho con la familia ataviando un coche o preparando una carroza para la procesión de San Cristóbal, para la Cabalgata de los Magos, siempre le gustaba esa implicación con la parroquia. Este año, a mí se me dio por hacer un espantallo para el concurso de Entroido en Dena y, lo que son las cosas, me llevé el primer premio (sonríe).
¿Cómo era esa creación?
Era el
“Bañista furtivo”, una sátira del marisque furtivo en bañador, con dos piezas a escala real en papel maché. Una de ellas, era una mariscadora que, con el rastrillo el alto, le llamaba la atención a  un bañista que acababa de ser sorprendido con sus utensilios para mariscar en la playa. Lo del premio fue los de menos, lo que realmente me satisfizo fue que a la gente le arrancara una sonrisa. Era lo que quería lograr mi padre cada San Cristóbal… Eso  también me engancha a mí, más aún llegada esta edad.


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