sábado, 28 de marzo de 2015

MIRADOR SAN CIBRÁN:

Entre el mito y la historia


Curceiro de Francisco Pazos que corona San Cibrán
A caballo entre los concellos de Meaño, Meis y Ribadumia el monte de San Cibrán, cuya atalaya elevada 209 metros sobre el nivel del mar se asienta en Cobas (Meaño), ofrece a modo de balconada una de las vistas panorámicas más bellas de la costa de Arousa. En él se celebra cada segundo fin de semana del mes de junio la festividad del santo Cibrán (Cipriano). Pero este monte es más que un mirador sobre la ría. En él se dan la mano la historia, el mito y la leyenda.

El castro
Se sospecha que el monte de San Cibrán, coronado hoy por el emblemático cruceiro de Francisco Pazos, alberga en el subsuelo los vestigios de un antiguo castro celta. Benito Orge, profesor durante 34 años del CEIP Coirón-Dena, tiene la certeza del mismo: “Recuerdo que a inicios de los 90  hice una salida con mis alumnos de sexto a San Cibrán. Íbamos equipados con pequeñas azadas y en la cumbre mismo, en la zona donde hoy se encuentra el cruceiro, cavamos y estuvimos toda una mañana trabajando sobre el terreno”. “Al cabo de un tiempo -continúa-, debajo de la capa de vegetación que cubría el suelo, empezó a asomar el contorno en piedra de la planta circular de las viviendas”. “En total -precisa- descubrimos el perímetro de tres casas, tomamos notas de campo, e incluso realizamos unas fotos, pero con el tiempo las acabé extraviando”. Reconoce que proyectó regresar con los alumnos en una segunda ocasión “pero luego, por unas cosas y otras no volvimos”.

El monte albergaba un castro con dos muros defensivos
Eso sí, a raíz del hallazgo que parecía evidenciar la presencia del castro, el profesor -a la postre también director del centro- habló de ello con el alcalde de Meaño Jorge Domínguez, quien por entonces estaba es su primer mandato, sobre la posibilidad de promover una excavación reglada en el monte “pero Jorge me dio para atrás -recuerda- argumentando que había muchos lugares así y Patrimonio prefería que quedaran enterrados y no se supiera mucho de ellos”.
Hoy ya jubilado Benito Orge lamenta que “actuaciones posteriores en el monte, con la construcción de un área recreativa incluida, hayan alterado mucho su fisonomía original”.

Monte Lobeira al fondo, visto desde de San Cibrán
La leyenda
El monte de San Cibrán tiene en su haber su leyenda conectada precisamente el mundo de los castros. Se trata del mito de la “trabe de ouro”, viga subterránea de oro que unía castros o lugares emblemáticos, fabulación mítica que aludía a fastuosos tesoros escondidos. El escultor, Francisco Pazos, conserva un archivo sonoro de los años 80, en el que ancianos de Cobas nos ponen sobre la pista en lo que a San Cibrán toca. A sus 85 años Nicanor Riveiro también da fe de ello con un dicho escuchado a sus antepasados: “desde Monte Lobeira a San Cibrán, pasando polos Aforcados (monte de) hai unha cadea de ouro que vale sete reinados”, refiere. El dicho mentaba una supuesta cadena de oro oculta bajo tierra, versión en la zona del mito de la “trabe” o “viga” de oro de los castros en el noroeste peninsular.
Otros testimonios recuerdan como, bajo el pretexto de buscar la codiciada cadena, en los años 30 un vecino del barrio de a Igrexa, de nombre Enrique Abal, conocido en la localidad por su militancia izquierdista –acabó huyendo a América para salvar su vida al inicio de la Guerra Civil-, convenció a varios convecinos para subir a cavar en el monte San Cibrán en busca del fastuoso tesoro. Provistos de pico y pala cavaron el monte durante toda una jornada, mas sin encontrar vestigio alguno de la mítica cadena. Se apunta que en un momento alguien dio con “un alfiler de oro”, hallazgo que, de haber ocurrido en la realidad, los vecinos apuntaban a una artimaña del promotor para animar a los demás a seguir cavando en días sucesivos, pero estos desistieron. Aquella excavación fue practicada hacia al suroeste, a la derecha de las escaleras que hoy dan acceso a la cumbre, lugar que precisa Nicanor Riveiro, quien evoca un recuerdo de infancia: “tenía yo siete u ocho años y andaba en San Cibrán con las vacas junto a otro, y recuerdo que existía allí una zona a medio cavar, con piedras removidas. Los mayores que sabían más del asunto referían que en ese punto estuvieran buscando algunos vecinos hacía años la preciada cadena de oro”.
Participantes en la empresa pretextaron luego haber acudido engañados, sospechando que, lo que en realidad pretendía su promotor era, cavar “algún tipo de refugio para utilizar en caso de guerra, o una base que sirviera para instalar algún tipo de cañón en previsión de un conflicto bélico” (archivo sonoro de Francisco Pazos).

Entorno de la antigua "fonte do ermitaño" el Fofán
La capilla y el ermitaño
Primer plano actual de la "fonte do ermitaño"
Tras su abandono los castros se convirtieron en espacios periféricos en el nuevo paisaje rural de las aldeas, lugares que albergaban restos materiales de un pasado pagano donde moraban en ocasiones seres imaginarios. Los moros, como personificación del mal, ocuparon muchas veces ese hueco. Precisamente también en San Cibrán la leyenda refiere que “en un pasado estuvo habitado por moros que fueron expulsados por Santiago Apóstol montado en su caballo blanco”, testimonio transmitido a través de generaciones y que Maruja Abal a sus 73 años refiere haber escuchado siendo joven a los viejos de Cobas.
Espacios así no pasaron inadvertidos a la Iglesia que acabó promoviendo la cristianización de muchos castros. Por ello, ya desde edad temprana y a lo largo de diferentes momentos históricos, se impulsó la construcción de capillas en sus cumbres que pasaron a acoger romerías, procesiones y ceremonias de carácter religioso sobre estos asentamientos protohistóricos en lo que era una forma de apropiación simbólica cristiana de estos poblados.

Una imagen del santo esculpida en el monte mirador
Imagen del santo Cibrán en la iglesia de Cobas





















San Cibrán tampoco fue ajeno a este último proceso. Testimonios, legados por segunda o tercera generación, hablan de la existencia de una pequeña ermita en el monte, la cual estaría situada en la ladera norte -frente al hoy acceso único que sube a la cumbre del montículo-, y en la que se rendía culto al santo Cibrán. Durante un tiempo la capilla habría estado al cuidado de un ermitaño que vivía en este monte y que tomaba agua de una fuente cercana de Fofán, que conserva todavía hoy por ellos el nombre de “fonte do ermitaño”.

Entorno actual del lugar donde estaría ubicada la antigua capilla
Más tarde la ermita fue objeto de litigio ente los vecinos de Cobas y los frailes de Armenteira porque, pese a sus reducidas dimensiones, estaba construida en suelo de ambas localidades -concellos de Meis y Meaño-. Maruja Abal, rememora el recuerdo legado por su abuelo José Abal, nacido en 1876: “la puerta estaba en Cobas -afirma- y ello resultó decisivo para que Cobas ganara aquel litigio”. Y en una de aquellas romerías los vecinos, temiendo por el santo, lo sacaron en procesión por la puerta -otra versión afirma que por una ventana lateral- y desviaron la comitiva para bajar el santo Cibrán a la iglesia parroquial de donde nunca más subió a la ermita. El culto en ella languideció y ésta acabó en ruinas. “Yo sólo recuerdo haber visto con 12 años el hueco de lo que un día fue la capilla en el suelo, y cuatro pequeña piedras, no más”, confiesa Maruja Abal.

Los vecinos construyeron un área recreativa en la zona
La recuperación de la fiesta
En la posguerra los vecinos de Cobas recuperaron la fiesta en el alto, aún sin ermita -Nicanor Riveiro, otrora trompetista de la banda de Meaño, tocaba allí en a finales de 40-. Unas veces en manos de vecinos de Cobas, otras en los de Fofán, la fiesta, no siempre de forma continuada, fue perviviendo hasta la actualidad.
Vinculada a ella unos y otros fueron acometiendo actuaciones en el promontorio con el objeto de mejorar el alto , a costa en ocasiones de destruir vestigios del pasado histórico que podían conectar con el presunto castro. Así, en los años 60 vecinos de Fofán practicaron la actual explanada en la atalaya, y en los 80 los de Cobas, promovieron un área recreativa que conllevó, entre otras actuaciones, la construcción de un muro de contención para sostener la parte alta que amenazaba con derruirse, si bien ello supuso la desaparición del muro original que pudiera haber respondido al recinto de cierre de las viviendas del castro. Otros testimonios refieren como una simbólica piedra ubicada en el alto -¿un menhir?- fue seccionado para ser útil para el ritual religioso. Incluso se barajó la construcción de nueva capilla en el alto del monte, proyecto que no cristalizó.

En su lugar, a inicios de los 90, se coronó con un monumental cruceiro concebido por el escultor de Cobas, Francisco Pazos. La aparente conexión de la pieza con modelos que evocan un pasado neolítico es mera coincidencia según su creador: “llevaba un tiempo haciendo piezas así, y no me planteé nada más, sólo colocar peldaños en el varal para poder ascender por ellos”. Y hoy, agazapado bajo esa cruz, el pasado aún aguarda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario